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domingo, 18 de noviembre de 2012

Horizonte





        Llegué a Santiago sola, sin más reseñas que una dirección de hostal. Había sido un viaje agotador pero llegaba con ganas de conocer  todo lo que aquella nueva ciudad me quisiera brindar. Caminé por calles empedradas  llenas de colorido, antiguas casas coloniales algo deterioradas por el paso del tiempo. Pero ese aire bohemio me cautivó. Saqué de mi bolsillo una hojita de papel donde tenía apuntado el rumbo de mi nuevo hogar. Miré a un lado y a otro buscando el número y seguí caminando.                                                                                      El hostal me recordó  a las casas de Vegueta y desde el principio empecé a sentir cierta familiaridad. La puerta estaba abierta, había un patio con plantas y una pequeña recepción pero nadie que me diese la bienvenida sólo un gato que parecía que me sonreía. Se oían voces de fondo en las habitaciones, risas,olía a té y a dulce y desde el patio se podía ver el cielo.  
Encendí un cigarrillo cuando escuché a alguien pedirme que  tirase la colilla en el botecito  señalado con un cartel que decía “ Fumador”.  Ante  mí apareció un tipo moreno, no muy alto,  con ojos felinos. Le dije que venía buscando alojamiento por tiempo indefinido  y me contestó que le quedaban piezas libres, era mi día de suerte.
De camino a mi habitación charlamos sobre las normas del hostal, me aconsejó sitios que visitar en la ciudad y me deseó una agradable estancia.  Sus ojos habían recorrido todas las curvas de mi cuerpo mientras nos despedíamos en la puerta de mi cuarto.
Al fin sola me tiré en la cama, pensando en lo que había dejado atrás pero sin remordimientos, no regrets, había sido  por convicción propia y pensé que el cambio me ofrecería lo que andaba buscando aunque aún no sabía lo que era. Me dormí.
Abrí la terraza de par en par y esnifé aquel nuevo aroma cosmopolita que me embriagó por completo. Desde  allí se veían los tejados aglutinados, se escuchaban conversaciones de las ventanas cercanas, me llegaban olores , empezaba a oscurecer  y me entró hambre, así que decidí bajar a la cocina y conocer a los demás huéspedes.  Pero para mi sorpresa no había nadie. Así que decidí dar media vuelta y salir en busca de algún restaurant barato de comida típica. En mitad del pasillo volvió a aparecer el tipo del hostal que me miró y me tomó de la mano, me llevó de nuevo a la cocina y me hizo sentar en una banqueta. Yo sólo miraba atónita.
-Voy  a cocinarte algo, tienes cara de hambre-. Me dijo.
Le contesté que no hacía falta pero que agradecía su amabilidad.
Aquellos ojos de gato no apartaban la mirada de los míos  y el tacto de su mano era suave.
Sacó harina de un armario, mantequilla, leche, huevos… un bol, un batidor…
-¿Qué me va a preparar?-. le pregunté hambrienta.
-Unas ricas tortillas , para empezar. Si quieres ayudarme hay un delantal colgado detrás de la puerta-. Me dijo guiñándome un ojo.
Cogí el delantal e intenté anudarlo a mi cintura, pero los lazos se resistían. Él se acercó.
-Deja que te ayude-. Me dijo.
 Tomó los lazos del delantal y los apretó fuerte tirando hacia sí. De repente sentí su aliento en mi nuca, jadeante. Sentí su pecho en mi espalda y podía notar cómo palpitaba su corazón y también dónde la sangre estaba bombeando.  Me giré tomándolo por la cabeza lo acerqué a mi boca y lo besé. Dos lenguas enroscadas como serpientes, húmedas, su aliento dulce de almendras  y nuestra respiración acelerándose.  Siguió bajando por mi cuello con su lengua serpenteante y caliente, excitándome más y más.  Notaba cómo su polla crecía dentro de su pantalón y la apretaba contra mí mientras me agarraba por la cintura. Estaba empapada y aún ni habíamos empezado. Cogió un cuchillo y rasgó  mi camiseta, yo no llevaba sujetador y metió su cara entre mis pechos, los estrujaba con suavidad, mordía mis pezones y yo gemía de placer.
Lo aparté por un momento y le ordené que se sentara en la silla, mientras le bajaba los pantalones, me arrodillé ante él y tomé su polla entre mis manos. La recorrí con mi lengua desde el glande hasta los huevos despacito al principio. Introduje un dedo en su ano y jugué mientras se la chupaba, sintiéndola en mi boca palpitante… Él me acariciaba la cabeza y me pedía más, gemía como un poseso tirando de mi pelo con fuerza…
Me levanté y me senté a horcajadas sobre él, necesitaba sentir aquella preciosa polla dentro de mí y cabalgarlo hasta el éxtasis. Sus labios se estrellaron contra los míos, nos mordíamos, nos chupábamos, tiraba de su cabello mientras me apretaba las nalgas contra él,  nos clavávamos los ojos fijamente, nos susurrábamos al oído palabras sucias, lascivas, creía morirme de tanto placer, chorreaba, los squirts corrían por las patas de la silla. Me agarré las tetas con fuerza mientras sentía su polla dura y caliente dentro de mí y metí mis dedos en su boca , mientras sus gemidos me pedían más, me pedía que no parase de follarlo… 
-Ssshhh, tranquilo, esto sólo acaba de empezar…-. Le susurré al oído.
Untó su polla de mantequilla y me dio la vuelta. Me puso  de frente a la pared, sentía los azulejos fríos en mis tetas mientras introdujo su polla en mi ano y me agarraba por las caderas metiéndomela con fuerza. Joder, aquello era el cielo y yo aún no estaba muerta. Me follaba con ímpetu, me levantaba del suelo clavándola  más y más  estrujándome las tetas hasta que gritamos de puro placer y caimos al suelo rendidos, sudados, cachondos…
Nos quedamos tirados en el piso de la cocina un rato, jadeando, frente a frente sin hablar, sólo mirándonos, recuperando el aliento…

-¡Bienvenida  a Santiago!-. Dijo.
Lo besé suavemente en los labios y sonreí dándole las gracias. Me levanté y me dirigí a mi habitación. Encendí un cigarro, salí a la terraza y me quedé mirando al horizonte.










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