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lunes, 26 de noviembre de 2012

A quemarropa





        Entreabrí  un ojo. No se veía casi nada, sólo un pequeño rayo de luz filtrado entre las persianas. Se oía una respiración. Me giré y sonreí. Allí estaba, desnudo, pegajoso. De su boca salía un aliento a tabaco y alcohol. Me levanté algo aturdida, busqué mis bragas, me puse una camiseta que seguro era de él y me dispuse a hacer café. Necesitaba uno bien cargado que eliminara de mi cabeza el martillo que la aporreaba sin cesar y me estaba volviendo loca.
Apareció en la cocina, sin ropa, somnoliento, se acercó y me besó. Yo iba despeinada, con el rímel corrido y aún así me dijo que le encantaba mi cara, que yo era como una hemorragia de placer de la que no quería dejar de sangrar. Bebimos el café en silencio, mirándonos.




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