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jueves, 2 de febrero de 2017

Habitación 215




Me pongo unas bragas limpias, una camiseta de la UCLA y un pantalón corto. Bálsamo labial y colorete. A las siete viene Nick. Es el dueño del hostal. Suele aparecer cuando su mujer se va al bingo, todas las tardes a las siete. Como tiene llave maestra entra. Le gustan las universitarias. Le encanta ver cómo las letras de la camiseta quedan encima de mis tetas. Con los dedos repasa las siluetas de las mismas: uuuu, ceeee, eleeeee, aaaa...  Yo me río como una adolescente, le digo que es un tontorrón y me tira en la cama. Es un juego rápido, no hay más. Hunde su cabeza en la almohada mientras empuja y gime diciendo números: 38, 3, 7, 23, 45, 8, 27... ¡Bingo!  Yo miro al techo verde y pienso que seguro que fue su mujer quien eligió el jodido papel pintado.

Doreen es encantadora a pesar de su mal gusto eligiendo maridos y papeles pintados. Es bajita y rechoncha pero de piernas finas.Lleva el pelo teñido de un pelirrojo azafrán. Ojos verdes que acentúa con un khol y una sombra de ojos  esmeralda.  Todas las tardes  va al bingo. Vestida de la misma manera porque dice que le da suerte. Se mete la cartera bajo la axila y la aprieta.  Ahí sólo lleva al calderilla, los billetes  gordos los lleva metidos entre las tetas. El único día que no va es el domingo porque lava el vestido para el resto de la semana y Nick  me deja tranquila.






jueves, 18 de agosto de 2016

Drunk me to the Moon





  El papel pintado de la pared tiene un dibujo psicodélico que me hace recordar a las películas de Kubrik.  Alguien ha arrancado algunos trozos y se ven los desconchones. Te miro desde el vértice de la cama mientras acaricias suavemente mi tobillo y clavas tu pupilas en las mías. Hace calor y de fondo se escuchan las aspas renqueantes de un viejo ventilador que con el poco aire hacen mover un mechón de mi pelo sudado. Cojo un vaso que hay en la mesilla y el tintineo del hielo me saca del sueño. Bebo. Su contenido es dulzón y fresco y se entremezcla con los restos de tu saliva en mi boca. Te ofrezco. Coges el vaso sin dejar de mirarme y humedeces tu dedo en el líquido  viscoso pasándolo por mis labios como bálsamo labial. Tus manos siguen por mis mejillas , rozan mis orejas, hasta mi nuca tirándome suavemente del pelo , me impulsas hacia ti y me partes la boca con un beso. Tu respiración se acelera. Paras. Me miras  jadeante como si no creyeras lo que está ocurriendo y vuelves a estrellarte contra mí. 








miércoles, 15 de junio de 2016

Daphne Blasco: Historia de una venganza. Capítulo III





Blasco vivía en una mansión llamada La Llorona, en Santa Fe. Tenía guardas en la puerta con metralletas. Cuando traspasaron  sus muros Daphne  quedó asombrada ante tanto lujo. Enormes jardines llenos de árboles y flores, piscina, canchas de tenis y unas cincuenta personas a las órdenes de la nueva señora Blasco.
-¡Aquí estarás re-bien, mi amor. Te voy a cuidar como nunca, mi güerita! No te hará falta ni salir de la casa.
Daphne se sentía feliz, ser la señora de Blasco le daba poder y eso le gustaba. Atrás quedaron los días de mierda de elefante y siamesas locas. El sexo con Pablito era brutal.  La primera vez dolió, era virgen y Pablito tenía un pene descomunal para medir 1,60. No era feo, tampoco demasiado guapo, pero tenía una labia que engatusaba a cualquiera. Era un tipo temido. Se contaban de él mil batallas. No era trigo limpio y Daphne no tardaría en descubrirlo.
Una noche, dieron una fiesta en La Llorona. Blasco quería presentar a su mujer en sociedad y había invitado a todos los grandes del narco; chulo putas, sicarios  y todo lo mejorcito del valle.  Las botellas de Gran Patrón se  bebían como agua, los mariachis cantaban, algunos daban pistoletazos en el patio gritando: ¡¡¡ Viva México, cabrones!!!... Daphne llevaba un hermoso huipil con llamativos bordados. No había parado de beber tequila y celebrar junto a su marido la dicha de ser su esposa, cuando Pablito la llevó hasta una habitación de la casa. Al abrir la puerta encontró dentro a Rosarito Jones, un narco gringo muy importante al que Pablito le debía unos cuantos favores así que sin más, la empujó hacia el centro del cuarto haciéndola caer sobre la alfombra persa.  Lo último que escuchó Daphne fue: -¡¡Un regalito, es tuya, gringuito!!-, y cerró. Daphne se giró atónita, y en ese instante el gringo le metió un puñetazo en la mejilla con el anillo de la hermandad. Aquella bestia la manoseó, la lamió, se le corrió encima como un cerdo. Durante horas abusó de ella que incluso ya había perdido el conocimiento.
De ese encuentro, y de los demás que planeaba, el padre de Daphne recibiría una gran suma de dinero. El plan de Blasco era prostituirla como al resto de sus chicas,  luego volvería a buscar a otra víctima para hacerle lo mismo. Cuando ya no servían las hacía desaparecer.
Continuará...

sábado, 5 de marzo de 2016

Daphne Blasco: La Historia de una Venganza. Capítulo II





La vida transcurría sin más después de la muerte de la enana. El circo seguía su calendario de ferias y Daphne con su espectáculo circense que se hacía llamar: Le borgne de fil o la tuerta del alambre.Daphne lo recorría con una habilidad pasmosa a pesar de ver con un solo ojo. La gente se agolpaba para contemplar sus piruetas, cómo  cuando sentada en una silla a más de cincuenta metros, encendía un cigarrillo y se lo fumaba tranquilamente, tirando la colilla  a su padre en actitud chulesca. Más que el espectáculo en sí, lo que les llamaba la atención era la tuerta. Daphne a pesar de faltarle el ojo izquierdo tenía algo. Llevaba el pelo rubio platino cortado a lo garçon, un parche,  el ojo que le quedaba era de un raro violeta,  los labios carnosos y nariz pequeña. Alguna vez le habían dicho que se parecía a Debbie Harry, la cantante de Blondie. Ella reía diciendo: -La Harry tuerta querrás decir.-
Llevaba un tatuaje de la Catrina en el lado derecho de la espalda, pulseras de calaveritas y colgantes como fiel devota de la Santa Muerte. Al lado izquierdo otro tatuaje hecho en Tijuana que rezaba: El que canta su mal espanta. 

Un día apareció Pablito Blasco,  un viejo amigo de su padre, narco y putero al que le gustaban las jovencitas que al ver a Daphne la polla se le puso más dura que el alambre donde estaba subida.
Empezó a cortejarla. Todos los días después de cada actuación aparecía en el carromato con ramos de flores, chocolates caros, joyas y vestidos preciosos que ella jamás se habría podido permitir. Daphne nunca había estado con un hombre y aquellos detalles la halagaban. Pero detrás de tanto capullo rojo su padre veía un gran negocio. Pablito Blasco babeaba con la equilibrista y no tardó en invitarla a cenar.  Ni siquiera le importó su parche, le ponía más cachondo aún; De hecho, le regaló uno  hecho de cuero negro con una D elaborada con diamantes. Blasco era mexicano de puritita cepa, machista, machote con un gusto exquisito con las mujeres. Podía oler un coño a kilómetros. Vio en ella un gran potencial sexual.  Blasco también era proxeneta y su fortuna se la había ganado gracias a las mujeres que vendían sus cuerpos por y para él. Pero para Daphne  era el hombre más tierno de la faz de la tierra. Una noche se fugaron en el Plymouth Superbird color esmeralda de Blasco. Este le había prometido una vida mejor lejos del circo y su miseria, y ni lo pensó. Agarró un petate y huyó. A mitad de la fuga pararon en una pequeña ermita en mitad de la carretera y se casaron.  Lo que no sabía Daphne es que su padre también andaba detrás de toda la trama.

Continuará...



martes, 1 de marzo de 2016

Daphne Blasco: La historia de una venganza. Capítulo I




Daphne Blasco había llegado a Santa Clara con el Cirque de’l Amorph una tarde cualquiera. El pueblo era conocido por su feria y Daphne era la primera vez que llegaba al lugar. Provenía de La Baja California y se había criado en el circo. Su madre había sido una famosa equilibrista francesa llamada Petite Pin D’or que se había casado con el gerente del mismo, un tipo vulgar y avaricioso, que lo único bueno que le proporcionó fue la nacionalidad americana. La mala sombra perseguía a Daphne. Su madre, la única que la había tratado bien en su vida murió al resbalar accidentalmente en un ensayo precipitándose al vacío y partiéndose el cuello. Su padre había aliviado su viudedad con una de las enanas del circo, algo que Daphne nunca le perdonaría.
El Cirque de'l Amorph tuvo sus días gloriosos pero ahora se había convertido en una carpa llena de cuerpos decrépitos, de sombras... La niña había crecido en ese ambiente hostil y lleno de amarguras, de gente sin alma y no por los componentes del circo sino por el público que iba a verlos y aclamaban esos cuerpos deformes. El hombre oruga estaba alcoholizado, una de las siamesas orientales había enloquecido y su demencia iba contagiando a su otra mitad. La enana que quedaba era la amante de su padre, una vieja estúpida que en una apuesta que perdió  y contra Daphne, de la rabia, le sacó un ojo con una cucharilla, dejándola tuerta. Ésta se juró así misma que se vengaría... Así que todas las mañanas mientras servía el desayuno al staff del circo, se encargaba personalmente de verter unas gotitas de conicina (planta venenosa que crece en terrenos baldíos y jardines abandonados), en el café de esta zorra. La enana comenzó a sentirse mal al poco tiempo de la ingesta. Empezó a padecer vértigo lo que la impedía trabajar en el trapecio o moverse de la cama, y eso cabreó  al padre de Daphne.
 Después las diarreas,...¡ Joder! ¡Cómo cagaba la enana, como si fuera un elefante!... Y las parálisis: Primero, media cara, luego una pierna, el brazo... El padre de Daphne no quería ni verla, ni cuidarla. Hasta que un día de agosto la encontraron muerta de un paro cardíaco y de mierda  hasta el cuello en el retrete del circo. Dulce venganza, reía Daphne. 


CONTINUARÁ...


martes, 9 de junio de 2015

HIPSTER SEX II






Habíamos quedado en el Orwell's. Alex se retrasaba y yo ya llevaba un par de Bombay encima. Hacia calor. Las sombras danzaban al ritmo de la música sudando. Noté que desde el fondo del local unos ojos conocidos me miraban. Se iban acercando entre las sombras danzantes hasta que los tuve frente a frente.  Olía a perfume de Dior y me dejó su aroma en las mejillas cuando me dio los dos besos de rigor.  Me pidió disculpas  pero no no me importó que hubiese llegado tarde, la espera había merecido la pena.  Nos acercamos a la barra y mientras él pedía un par de gin tonics, yo ladeé la cabeza y eché un vistazo a su culo, ¡ñam!.  Brindamos.
Al rato, yo empezaba a desinhibirme, a bailar como una posesa cuando el Dj puso "Dancing Shoes" de The Artic Monkeys.
Nos rozábamos poco a poco: la mano inocente en el hombro,  una risa en tu oído después de contarte un chiste malísimo, el roce de un dedo al coger tu cigarrillo para darle un par de caladas y echar el humo mirándome fijamente. La temperatura subía y aquel hipster me encantaba.
Salimos a tomar el aire. Demasiada ginebra, demasiada gente, demasiado agobio.
Hacía algo de fresco y se me erizó la piel, no llevaba abrigo y Álex amablemente me puso su cazadora  sobre los hombros. Sin más lo miré y me lancé a sus labios. Suaves, húmedos. Aquel beso nos encendió. Noté una hoguera en mi sexo y una especie de contracción en mi coño  que me pedía que fuera penetrado. Metí la mano en su pantalón  y su   polla estaba erecta, preparada para entrar.  Seguimos besándonos, mordiéndonos desesperados mientras nuestras caderas se rozaban al mismo compás. Metió su cara entre mis tetas y aspiró. Me cogió en brazos y mis piernas se enroscaron en su cintura mientras movía mis braguitas a un lado. Abrió su bragueta y  me penetró sin pensarlo. Mis dedos tiraban del pelo de su nuca, mientras me embestía de pie contra aquel muro una y otra vez, jadeando como animales.

Se hacía de día y me entró un apetito voraz. Me encendí un cigarrillo y comencé a caminar hacia ninguna parte  cuando escuché a Álex:
-Oye, espera ... Se te olvida esto...- dijo riendo.
Abrió su mano mostrándome mis bragas.






lunes, 27 de abril de 2015

COCOA





Se sintió algo mareada cuando bajó del barco y pisó tierra después de varias semanas de viaje. Nada más bajar, el magnetismo de aquel nuevo y desconocido continente la atrapó empezando por los pies y poco a poco se le fue metiendo dentro.  Se llamaba Gracia,  de piel blanca como la espuma de aquel mar ignoto y sus ojos  de un verde selvático. Había llegado al puerto de noche desde la lejana Europa y sólo vio a las fulanas y a los bucaneros metidos en las tabernas bebiendo y cantando. El séquito la acompañó hasta su nueva casa donde la esperaría su padre, Moscato de Ochoa: un almirante español muy conocido en Las Indias y no por sus obras de caridad. Después de cruzar callejuelas a medio alumbrar con lámparas de aceite, pararon ante un enorme portón. La recibió un criado diciéndole que su padre se encontraba en Cuzco  visitando sus tierras y volvería dentro de unos días. Siguió al criado hasta su habitación y trató de descansar después de tan largo viaje sin dormir sobre suelo firme.
A la mañana siguiente la despertaron los cantos de las aves tropicales que campaban por el patio a sus anchas. Nunca había visto pájaros  tan coloridos y brillantes como aquellos. Apareció  María, la que sería su mucama y ayudaría a instalarse completamente para terminar de vestirla. Dentro de sus menesteres se incluía consolar al padre en la soledad de su viudez. Era una mujer fuerte, hermosa, con tez de canela.  Le dijo a la muchacha que tuviera cuidado con el sol ya que una piel tan blanca se quemaría como el papel.
Bajaron al comedor donde le esperaba el desayuno. Un intenso olor a café inundaba la estancia. No era algo nuevo para  Gracia ya que su padre solía enviar diversos productos del nuevo mundo  a casa para degustación de su hija. Pero encima de la mesa existían cierto tipo de alimentos, frutas que desconocía,  flores que con su perfume invitaban a soñar. Sintió algo de náusea, demasiada mezcla de olores en tan poco tiempo. María se echó a reír y pensó que aquella  muchacha delgaducha no aguantaría demasiado en aquel país inhóspito.
      -Toma , bébete esto-.  Dijo  María dándole una taza de café oscuro  y fuerte, casi amargo. Gracia bebió. Empezaba a encontrarse mejor, su cara volvía a tomar color.
La mañana era fresca y decidió salir con María a conocer su nueva ciudad. Irían a la iglesia y luego al mercado. Caminaron por calles anchas llenas de vida donde los transeúntes se paraban a saludarla impresionados por  su belleza. En el templo,conoció al párroco. Un viejo medio sordo y con grandes anteojos que hacían sus pupilas mayores de lo que eran. Examinó a la muchacha de arriba abajo y concluyó que tenía aspecto de buena cristiana y cumplidora de la ley divina. María se había quedado en la puerta esperándola,  jamás había pisado una iglesia,  tenía sus propias creencias.
Al  terminar la charla con el párroco  se dirigieron al mercado. Gracia no era muy habladora sólo asentía con la cabeza mientras María le  contaba historias acerca de la ciudad y sus habitantes, quería que la muchacha empezara a comprender cómo sería su nueva vida lejos de lo moderno.



Hacía un día precioso, una brisa suave jugueteaba con los cabellos rojizos  de Gracia y se sentía bien en aquella extraña ciudad. El mercado estaba atestado de gente que  hacía cola para comprar. El puesto del carnicero olía a sangre, a vísceras ,a muerte. aquellas cabezas de cerdo miraban a Gracia fijamente.
María la zarandeó antes de que se cayera redonda al suelo. Siguieron caminado  hasta llegar al puesto de la fruta donde olía a fresco, a vida…  y el puestero le regaló un trozo de papaya. Caminaron entre la muchedumbre de gritos y ofertas, de niños medio desnudos y madres con pollera colorada y sombreros negros, donde se vendía chicha y zumo de piña en pequeños recipientes hechos con hoja de palma. Llegaron al último puesto, el puesto del cacao. El aroma del chocolate se le metió en el cuerpo embriagándola. María hablaba con el puestero cuando de repente apareció su hijo, un  joven alto, moreno con ojososcuros y brillantes como canicas, bastante atractivo. Gracia  se ruborizó ya que el chico  iba con el torso descubierto. La miró y le dio los buenos días. Ella por primera vez en aquella mañana, abrió la boca y le respondió educadamente.
 Al finalizar las compras volvieron a casa y Gracia no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquel  joven desconocido.  Tomó una jícara del paquete que traía María. Tenía un gusto amargo e intenso, se le deshacía en la boca y disfrutó de aquel nuevo sabor que  dio un tono coralino a sus inocentes mejillas. Sintió calor. Después de aquel paseo, no aguantaba más el vestido de encaje blanco con cuello  cisne. La asfixiaba, quería arrancárselo. Nada más llegar a  la casa, le pidió a María que la ayudara a desvestirse. Necesitaba liberarse de aquella opresión. María sabía lo que le pasaba. Aquel cacao era poderoso y una vez en tu cuerpo era difícil que te dejase escapar de su embrujo. Rompió el cuello de encaje, se arrancó el traje y lo tiró al suelo, se deshizo de las enaguas, de las medias que le estrangulaban los muslos, se quitó el corsé y suspiró aliviada, sudando cacao por cada poro de su nívea piel. 
Al fin liberada de los ropajes, corrió al jardín y se metió en el estanque a refrescarse con las carpas doradas nadando a su alrededor. No podía quitarse de la cabeza la imagen del hijo del puestero.  Su corazón empezó a ponerse a mil y sintió un fuego en sus entrañas  que bajaba hasta su monte. Como hipnotizada llevó sus manos a sus pequeños pechos acariciándolos con suavidad y siguió deslizándolas por su vientre hasta llegar a su sexo virgen. Por primera vez en su vida era consiente de su cuerpo y la sensación era magnífica. Su pubis pelirrojo sobresalía por encima del agua    cristalina . Jugaba con su vello al sol y se atrevió a ir más allá cuando encontró el tesoro que guardaban los pliegues  de su pubis y notó cómo se hinchaba y  lo que sentía cuanto más lo acariciaba.  Aquello debía ser cosas de brujas- pensó-. Pero siguió porque si Dios nos había hecho a su imagen y semejanza aquello no podía ser malo ni pecaminoso.  Notaba aquel bultito poderoso, electrizante no podía dejar de tocarlo y aumentó la velocidad estremeciéndose dentro del estanque, espantando a las carpas, llegando al puro éxtasis que ni ella misma comprendía pero la satisfacía tanto que no podía parar y gritó. Tan rotundo fue su grito que la imitaron los papagayos del jardín y siguieron repitiéndolo durante unos minutos.   Pasado  el efecto febril, decidió subir  a sus aposentos y vestirse de nuevo. Atónita y confundida consigo misma por lo que acababa de hacer. Algo atípico en una mujer de sus costumbres europeas, algo más propio de salvajes  e incivilizadas indígenas que poblaban aquellas  tierras.