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sábado, 17 de noviembre de 2012

Cerezas

                         



                                                               


           Fue un beso largo y amargo, como el sabor de las cerezas. La saliva quedó adherida a sus
        labios como las conchas a las rocas, aunque el batir de las olas choque fuerte, nunca se despegarán.       Una extraña sensación recorría su cuerpo, ¿melancolía quizás?... 
 Y camino a ninguna parte, recordó aquella noche en que lo conoció: Entre restos humanos, lo encontró apoyado en la única pared que no había sucumbido. Ojos extraños, pensó. Pero aquéllos no apartaban la mirada, no tenian miedo a ser descubiertos. Se acercó hasta ellos, sentía curiosidad. De pronto se vio bailando al compás de un son infernal que se repetía una y otra vez, una danza macabra, una danza sin fin invadiendo su alma, cayendo en una espiral de furia y deseo.Paró en mitad de la nada a encender un cigarro y siguió recordando aquella noche en la que bailó con el diablo a cambio de su alma. Al principio le pareció bien el trato, ahora no lo veía tan claro; era sólo un cuerpo sin alma, sólo una masa con forma pero sin sustancia , dando pasos de ciego en mitad de la noche, buscando a aquel íncubo entre los escombros de su piel. No sabía ni a dónde ir ni dónde encontrarlo, aunque tampoco estaba segura de volver a recuperar su alma, si éste se la devolvería sin más o si tendría que intercambiar alguna otra cosa, pero, ¿ qué más podría querer el diablo que no fuera tu alma?...

Cansada de vagar, se sentó en un banco, suspiró, estaba hastiada. La sangre en su cabeza bullía de tanto pensar. No se le iba de la mente y en su boca aquel sabor amargo del último beso no la dejaba saborear nada más. Le resultaba estúpido, pueril. como una niña encaprichada de un juguete que no puede poseer. Cada noche vagaba por la ciudad, recorría cada rincón oscuro buscando a aquel luzbel en cada beso que daba pero ninguno sabía a cerezas, ninguno era amargo; como una gran gourmet paladeaba cada sabor de los besos que le brindaban.Como una catadora olía las salivas intentando diferenciar cada aroma habido en ellos, sin embargo, no encontró diferencia alguna. Todos le parecían iguales, sabían a canela, almendras, mostaza,... pero no a cerezas.

Una noche se dio por vencida, ya no podía seguir, se había perdido entre marañas de sabores y olores. Ya amaneciendo pasaba delante del mercado, donde los camiones descargaban la mercancía y los puesteros se preparaban para abrir y entonces lo olió. Como hipnotizada, caminó entre cajones de madera, carteles, charcos... buscando de dónde provenía aquel aroma hasta que lo hayó. Un puesto de cerezas, cajas llenas de brillantes y rojas cerezas. Sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre una de ellas, quería que aquel olor, que aquel sabor la invadiese por completo sin dejar algún poro libre. Llenó sus manos de ellas y las estrujó dejando que el zumo recorriera su cara, su boca, las mordió llenando su lengua de amargor, dejando que el liquido púrpura mojara sus pechos y soltó un pequeño quejido. El puestero al ver tal chiflada, le gritó, la cogió del brazo zarandeándola, injuriando...Salió corriendo, relamiéndose sus labios purpúreos. A su paso, las farolas se iban apagando. Llegó al portal jadeando pero una enorme sonrisa dibujaba su cara. Se quedó mirando al vacío con las llaves en la mano y la puerta entreabierta, soltó una carcajada. Entró, y tras ella sólo se escuchó el chirrido de las bisagras en el silencio de la mañana.





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